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Tango & Poesia

_Poetas Milongueros_

 


 

El morocho de Sueño
Fácil de reconocer. Tez trigueña, pelo canoso, apuesto, educado, grácil, gentil. El morocho de Sueño Porteño de los domingos a la noche. Lo vi por primera vez en una reapertura de la milonga platense El Abrazo, había gente de Buenos Aires, algunos bailarines invitados por amigas con quienes tuve la suerte de compartir unas tandas y generar una amistad. Pero el morocho despareci...ó, como un fantasma. Nadie sabía quién era, sólo que era profesor de danzas folklóricas. No bailó conmigo, yo solo lo observé y me fascinó. Lindo morocho, pero lo que ponía en la pista era increíble. Por suerte lo redescubrí un domingo a la noche en la milonga de Boedo.
Me quedé helada cuando lo vi. Andaba con una percha llena de camisas que de vez en cuando retiraba del guardarropa, y volvía del baño cambiado. Se peinaba un poco con las manos y tomaba un poco de champagne, o Coca Cola. Descansaba una tanda mientras todas las mujeres se abrían las venas con las uñas y no le quitaban los ojos de encima. ¿tendrían la suerte de que las sacara a bailar la próxima?
Lo miré totalmente decidida, hasta que me saludó, me acerqué y le dije que lo había visto en La Plata, se acordó de la milonga y me dijo que había tratado de sacarme a bailar pero estaba lejos, y no se había dado cuenta de que en las milongas platenses el hombre se levanta para ir a buscar a la mujer, estaba oscuro para verse y yo siempre estaba bailando. Me quise morir. Se me estrujó el estómago, y sacando la YO intrépida de ese mal trago le pedí que me hiciera el honor de bailar con él alguna vez. “Con muchísimo gusto” me respondió. Me despedí pensando que había pedido poco y haciendo un mea culpa, fui a desangrarme a mi silla, muerta de frío por el aire acondicionado y enojada conmigo misma por mi estupidez. Tonta, tonta, estúpida. El tipo era un divino, si le hubiera pedido más, no se iba a negar, pero la verdad, en ese momento me abordó un sentimiento de necesidad. Necesitaba que él tuviera ganas de bailar conmigo, y no que asumiera un compromiso por educación. No me importaba si hacía lindo firuletes, en cambio, quería sentir lo que sentía él.
Y desde el oscuro rincón que me había tocado compartir con unas amigas, lo vi ponerse de pie. Elegante, calmado, la frente alta, limpia, impecable en su postura, caminando lentamente hacia la pista con la agraciada beneficiaria de turno. L e sonrió amablemente, se notaba entre ellos una relación de amistad. Sin embargo, esa sonrisa no fue para ella. Fue su sonrisa interior dibujada en sus labios. Ese estado de beatitud que solo se puede tener cuando uno hace algo que ama con pasión. Cerró los ojos, los párpados relajados, la frente luminosa, y respiró, elevó el pecho como para volar. Dicen los que practican Qi Gong: la cabeza pende de una estrella. Su cabello gris estaba resplandeciente, su espalda derecha pero naturalmente alineada. Sus manos gentiles parecían sostener una burbuja a punto de estallar, y en su abrazo ofrendaba protección, seguridad, ternura, un dejo de sofisticada pasión escondida. Y digo ofrendaba, porque era una entrega total, como si fuera la última mujer del mundo, como si fuera lo único y lo más preciado que tenía. Concentrado absolutamente en la música, abrió los ojos y allí estaba su alma, corazón a cielo abierto, listo para morir sin pretender nada más.
Se movió con soltura, casi flotando, conservando la postura pero sin descuidar su expresión sincera de placer, fluyendo a cada instante. La gente le hacía lugar mientras atravesaba la pista sin tocar a nadie. La expresión de su rostro mostraba su sentir con el tango. Se sabía la letra. Creo que alguien me sacó a bailar mientras miraba al morocho pero no estoy segura. Me tenía atrapada su imagen, su aura. No podía pensar en otra cosa. Por primera vez disfruté quedarme sentada. Podía distinguirlo entre la muchedumbre dondequiera que estuviera, y hasta me dio cierto temor, si me sacaba a bailar, de romper esa magia con alguna torpeza.
Tanda tras tanda lo miraba discretamente, y por primera vez, sentí un poco de pudor. Morocho,¿de qué nube te caíste? ¿Dónde quedó tu materia que sólo veo formas de luz? Ni sé dónde pisaba cuando bailaba. No recuerdo qué cara tenían los hombres que bailaron conmigo. Creo que me despabilé en la tanda de rock porque no me quedó otra, o hacer un papelón de magnitudes importantes.
Y en un cruce de pasillo, mientras charlaba con un amigo, lo vi detrás de él. Interrumpí la conversación y salté delante de mi amigo para alcanzar al morocho. Mi amigo, que todo lo comprende, sonrió y se retiró un poco. “Me harás el honor de bailar conmigo?”le pregunté. ¡¡ Le pregunté!! ¡¡Cómo fue que hice eso!! Insistir es de regalada. Y bueno. Le regalo mi vida, pensé, no me importa nada. Con su cuarta o quinta camisa limpia y la Coca Cola en la mano me miró con sus ojos oscuros y con un tono apenado me dijo “ay gordita, perdonaaaaame, es que prometí ahora la tanda de Pugiese a una amiga y después me tengo que ir, ¿me perdonás?”.¡¡Nnnnnnnnnnoooooooo!! ¡¡ La tanda de Pugliese y luego se va!! ¡Qué hago, asesino a sus amigas? Rápido, mente mía, un recurso, la cara me vende, me quiero matar, adiós morocho, adiós sensaciones, no se me ocurre nada, nada. ”No por favor, nada que perdonar, otra vez será”…qué le iba a contestar. Y ahí me quedé, Pugliese sentada, porque para bailar mal Pugliese prefiero nada. Hubiera sido mortal, Pugliese con el morocho. Yo que soy una rea, una insolente, una insensata, una jugada, ahí estaba, llorando mi desgracia. No sé cuánto tiempo pasó, supongo que la tanda entera, y yo desmoralizada como una novia plantada en el altar, lugar por el que por cierto, nunca pasé.
Mientras me acomodaba el abrigo como una viejecita, congelada de pies a cabeza con el maldito aire acondicionado, una de mis amigas me dijo “el morocho está parado atrás tuyo, mesa por medio, y te está mirando para sacarte a bailar”. “No- le dije- el morocho se iba”. “Está ahí atrás y te mira, boluda”. Me di vuelta y allí estaba, tomando su Coca Cola, sacándome a bailar. Traté de salir a la pista caminando y no volando, él venía detrás saludando gente. Se pasó la noche saludando gente. Cuando llegamos a la pista le pregunté “¿vos no te ibas?”. “Sí, pero este tango me puede”. Creo que se me notó algo así como que se me cayó el corazón, algo como desilusión, porque en seguida agregó muy oportunamente “y además no te iba a dejar así…vos venís de La Plata ¿no?”…¿Así cómo? ¿desesperada, desolada, abrumada, aburrida, atontada, embobada? ¿Adónde se fueron mi entereza, mi armadura de acero, mi kung fu, mis mantras, mis cadenas de fuego, mis tacos de titanio, mis faldas de teflón, mi mente superior y todas sus pavadas?”Siiiiiiiiii…-dije tímidamente (¿tímidamente?)-muchas gracias por sacarme a bailar, me gusta mucho tu estilo”. Después de todo, yo quería sentir como él y era mi oportunidad. ¡Auch!
Y entonces, sólo esperó, cerró los ojos y supe que estaba escuchando, y el vórtice de energía comenzó a girar. Todo desapareció, la luz que salía de su cuerpo me inundó. Respiró y pude sentir la pasión que él sentía. Su corazón se convirtió en una cuna, en un mar, en una lluvia torrencial. Su pecho se irguió y me llevó a salvo a través del mundo, con decisión pero con delicadeza. Sus ojos registraban el entorno pero volvían a mí en cada paso, y en cada pausa me arrullaba en su abrazo, para dejarme brillar en un adorno. Él se convirtió en mi héroe y yo en su princesa. Su silencio se rompía solo para respirar, para dejar pasar un latido. La letra del tango le araba la piel y la emoción le humedecía los ojos. No pude hacer otra cosa que cerrar los míos y abrirme a su energía, que me atravesó y me llevó a otra dimensión. Olvidé tragar saliva, respirar; olvidé que era madre, hija, ex esposa, ex novia, empleada, Cenicienta; me abandoné a mi suerte como un bambú al viento. Me desprendí de todas mis cosas, de todos mis pensamientos, de todos mis afectos, de mis tristezas, de mis desarraigos, de mis errores, de mis dolores…¿será como esto eso de ir hacia la luz? Suena así de conocido.
Terminó el tango. “Amo este tango” me dijo. No sé cómo se llamaba. Nunca lo había escuchado. Tampoco le pregunté. No recuerdo cómo era, no sé lo que decía la letra. Tampoco sé cómo se llama el morocho. No he vuelto a Sueño Porteño, pero todos los días me acuerdo de lo que sentí esa noche. Morocho, no me podía morir sin bailar con vos. Gracias, gracias por toda la eternidad.


“No te inquietes…”
Me he mudado muchas veces de casa, de ciudad, de cuerpo…y en todos he dejado parte de mí. Partes que ya no quería, que ya no me servían. Partes que amaba pero que ya no podía arrastrar en las idas y vueltas.
Cuando era chica, he llorado a mis amigos, mis lugares preferidos, mis libros, mis rincones de bienestar y hasta los que me han hecho mal. Me he abrazado a las paredes para que no me apartaran de su cobijo y cerrado tras de mí las puertas con una tristísimo sensación de dejar todo en el abandono. ¿Qué sería de ese lugar sin mí? Millones de extensiones protoplasmáticas que salían de todos mis poros se quedaban pegadas a los muebles, a las ventanas, a todas las cosas. Como elásticos de nylon, tiraban de mi piel, de mis uñas, de mis córneas. Sentía un indescriptible dolor en el pecho, en la boca del estómago, en la frente, debajo del ombligo, como si me arrancaran lo órganos. La garganta enferma por no poder tragar la situación, estreñida y convertida en una columna de huesos rellenos de cemento que no me dejaba pasar la saliva ni el aire. Una mano prendida al picaporte de la puerta cancel y la otra que tiraba hacia fuera, ya, ahora, un afuera desconocido otra vez. Los pies pesados, pegados al piso que me vio pasar tantas veces al colegio, a comer, a la calle. Pies quemados de tanto andar, pies sin un rumbo ni meta final. ¿Me recordarían cuando no estuviera?
Cuando crecí, me di cuenta de que era inevitable, mi vida iba a ser siempre así, y mejor que me acostumbrara. Algunos dolores y sensaciones de desarraigo siempre me inundaron, pero aprendí a cambiar de actitud. A acomodarme donde fuera, como fuera, y a pensar mejor en lo que vendrá que en lo que dejaba. Y con el paso de los años empecé a deshacerme de esas partes que ya no me servían o que ya no quería. Sin embargo, el trabajo de amoldarme a lo nuevo me agotaba. Sentía que siempre tenía que rendir un nuevo examen. Otra vez hacerme conocer y construir una nueva vida con las herramientas que me habían quedado en esa maleta que traía colgando de la espalda desde que nací. Mi mamá me contó que cuando me llevaba en la panza, viajó en avión en tramo entre Río Gallegos y Ushuaia. Y como si mi destino hubiera estado signado por ese viaje, mi nacimiento en Tierra del Fuego los retuvo solo unos meses. Dejaron atrás el frió sureño y la ciudad en la bahía, a la que nunca más volví. Y me acostumbré a no volver.
Con el paso de los años la historia se repitió, pero empecé a viajar un poco más liviana, sin tanto extrañamiento, sin tanta raíz , sin tanta cosa que trasladar ni tanto que lamentar. Me di cuenta de que uno no tiene espacio para todo y que algunas cosas tienen que salir para que entren las que están esperando turno para cambiarnos la vida en algún aspecto. Empecé a ver que en cada lugar que quedaba vacante comenzaba a consolidarse un halo de energía, que luego iba tomando forma hasta convertirse en algo nuevo. Muchas veces parecía nuevo, pero en realidad era algo que había dejado sin resolver con una forma distinta. Entendí que no se pueden dejar las cosas colgando, que hay que decidir, crear un final, o las cosas nos persiguen para que las terminemos de enterrar.
La milonga fue el catalizador que plasmó en la realidad un montón de teorías de la vida que los analistas pasan años predicando, hasta que el paciente se convierte en un “alquilador de oídos”.
De abrazo en abrazo, como de casa en casa. De milonga en milonga como de ciudad en ciudad. Del tango al vals, y a la milonga, y a otra tanda, como de un asunto a otro, afinando el paso y siguiendo el compás. Cambiar de compañero, de mesa, de rincón. Reír con unos, llorar con otros. Conocer historias de solos y solas, de abandonados, de enamorados, de esperanzados, historias como las mías, como las de todos. Una tanda de amor tanguero y a otra cosa. Una tanda de diversión milonguera y a la silla. Una tanda de vals glamoroso y adiós. Como en la vida. Tandas, con algunas cortinas musicales para respirar entre una y otra. Una se puede quedar a esperar la próxima con la expectativa y la curiosidad, dispuesta a atajar lo que venga con el nuevo compañero. Un nuevo paso, una marca destinta, un perfume diferente. Decodificar los movimienots de su torso como si fueran oleadas de cosas de la vida, y ser capaz de resolverlas con elegancia, con desenfado, sin pensar qué vendrá después. Y si falla, y puede fallar, vale.
Vale divertirse sin la angustia del error, dejar atrás la mala noche para esperar la próxima, dejar el psicólogo para ir a bailar, dejar el cardiólogo para ir a abrazase, dejar el alergista para ir a respirar la nube de polvillo que levantan los bailarines, dejar la piel en casa para ponerse la pilcha, dejar el espejo para sacar otra persona de adentro.
Ignorar los juanetes para ponerse los tacos, obviar los rollitos para calzarse un vestido, dejar los platos para lavar mañana y dejar de moverse como una ballena en la arena para sentirse como pez en el agua.
Si cada tres tangos se puede cambiar de abrazo, se paso, de perfume, de conversación, de historia, de corazón, de estilo, de intención, de vivencia, cada tanto, no puede ser tan difícil mudarse.
Los franceses dicen “iquietes pas, est un tango”.
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Ana Peirano

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Querida Milonga

Domingo, 28 de octubre de 2012,

De:
"Lito Pino"

Para:
Julia Pugliese



Llegó este cumpleaños, parecía tan lejano.....pero acá está, y es hora del balance. Y a pesar de las épocas difíciles que estamos transitando, gracias al espacio que siento allí como propio, mi superavit es total.

Dos o tres veces por semana, la sensación ya comienza desde la puerta, abajo. Quien no ha sentido ese golpe de adrenalina al trasponer la cortina y escuchar los primeros acordes que te llaman a milonguear?. Y como corolario, al final de la escalera y detrás del mostrador invariablemente encontramos una sonrisa cálida de bienvenida que te reconcilia con tu día y te augura una buena noche entre amigos, reunidos para bailar.

Ya en tu casa, abierta a los milongueros de todo el mundo, sólo se habla una lengua común, la de la música. Y no hay felicidad más noble que la felicidad de bailar a través de ella.

Ay querida milonga! Disfrutando tu música coseché abrazos de Singapur, Francia, Brasil, España, Líbano.... la lista es larga, pero la cosa allí no se agota, siempre se alimenta con las nuevas experiencias que van llegando entre tanda y tanda.
Es así entonces como de las lejanas tierras de Ciudad Evita me diste una amiga querible y entrañable que me transmite TODA la paz sin pedir nada a cambio;
De los pagos de Palermo una compinche que baila como los dioses;
Desde Agronomía, una gran amiga anestesia mis penas cada miércoles;
Y una morocha tuya de Mataderos .... me enseñó el auténtico y verdadero valor de una entrega sin restricciones.

Allí entre tus paredes, milonga querida, impera la democracia en su estado más puro: no hay ricos ni pobres, no hay postergados ni acomodos, no existen los dobleces, sólo milongueros de buena voluntad.
Ninguna desigualdad empaña el gusto por bailar y disfrutar del otro y con el otro.

Y eso se logra por la calidad de la gente, tanto la que te ha creado como la que hoy te conforma y que abraza el mismo espíritu, desinteresado y de enorme amplitud.

Es por ello que a pesar de mi corazón impío y mi bagaje interminable de pecados, -a los amigos y amigas, a las papusas que me entibian el alma con su abrazo generoso; a los que allí trabajan con la mejor onda y a todos los que te integran- sólo puedo desearles... que Dios los bendiga.-

Y ahora que me ha alcanzado este número redondo y contundente; desde la conciencia más profunda de nuestra propia finitud, repito como un mantra tus palabras, que han trocado hoy en sentencia inexorable:

A bailar, a bailar que la vida ............................ se va.-

Gracias Milonga mía y vamos juntos entonces, que quedan mil tangos por bailar.

 

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ROJOS

Como emergiendo del río
Rojo, de sangre tibia,
Se levanta un telón rojo
Dejando paso a la vida.

Cubiertos con roja sangre
Nos reciben al nacer.
Premonición que los rojos
Son colores del querer.

Con fuegos del rojo infierno
Amedrenta Lucifer.
Son los rojos abrasantes,
Que son rojos de temer.

Despierta en rojo
El sol que crece.
Y muere en rojo
Cuando anochece.

Constelaciones de estrellas
En el espacio alineadas,
Semejan rojas frutillas.
Frescas, recién cosechadas.

Rojos planetas observan
A la tierra en su trazado.
Bolitas del firmamento,
Juguetes bien ensamblados.

Si un rojizo barrilete
De roja rugosidad,
Remonta hacia el rojo cielo
Con roja velocidad,
Surgirán rojos destellos
De roja fugacidad.

Destilan rojos violáceos
Contra la cruz, los estigmas.
Simbolizando esperanza,
Creando así la doctrina,
Que penetró por la fuerza
Con roja saña envainada,
Quemando en rojos infiernos
Pecadores de la nada.

Nazis, camisas negras,
Y el ruso ejército rojo,
Tiñeron tierras de sangre
Sembrando espanto y despojo.

Hiroshima y guerras santas
Salpican rojos profundos.
Prefiero rojos de amores
¡Y paz en el rojo mundo!

Al partir, elegiré
Arribar a buen destino.
Rojo, plácido, abrigado.
E irme añejo, como un vino.

                                                                       Enviado por: Jorge Razumny

  

  

  

 

SED DE MILONGA

Eduardo Ingallina 

 

Los ojos saltones aparentan solamente una mirada fija y lejana, mas enseguida se aprecia que denotan obsesiva concentración. Las piernas parecen estar manejadas por largos hilos desde lo alto. Pero un títere seguramente tendría más libertad de expresión que el robótico bailarín exaltado. Con traje negro, fungi y lengue de antiguas épocas, dibujan al personaje que se esfuerza por llamar la atención en el ambiente milonguero. Cabello oscuro engominado hacia atrás y ojos café rodeado por patas de gallo, simulan cicatrices que terminan por caracterizar a un guapo proveniente de principios del siglo pasado.

Un giro, de repente un contragiro, mientras la cabeza se fusiona con un cuerpo rígido y mecánico, ajeno a los revoltosos pies diseñados precisamente para destrozar cualquier pieza musical tanguera, en este caso malogrando al Rey del Compás en un Derecho Viejo desorientado.

La dama hace lo posible para no confundirse con el fantoche y mantener una mínima cadencia. La frustración la abofetea. No puede desprenderse del vertiginoso abrazo cerrado que a veces se abre para facilitar pretendidas figuras arbitrarias. Para su malestar, nota que hay demasiado espacio libre en la pista que los deja al descubierto, se exhiben en una demostración por el absurdo. Se arrepiente de sus ansias por salir a bailar, nunca pensó formar parte de semejante evento. Se pregunta, a modo de consuelo, si la experiencia servirá de advertencia para otras mujeres.

Chocan contra una pareja, el gaucho bailarín no acusa el encontronazo y su compañera atina a disculparse, pero en un santiamén se alejan zarandeándose por el centro de la pista. El espástico “Cachafaz” continúa su ritual impávido, y poco faltó para quitarle el zapato a la mujer en un intento de lucirse con una sacada, lo más parecido a una zancadilla. 

D´Arienzo huiría despavorido por avión al Oriente en el mismo momento que pudiera observar cómo su interpretación se corporiza en esa danza tribal. Algunos milongueros y milongueras que lo conocen y los nuevos observadores asombrados rescatan, desde el ridículo y la vergüenza ajena, un dejo de sonrisa amarga.

La francesita, de cara pequeña y pálida, y una expresión dulce bajo un cabello dorado muy cortito, que buscaba conocer a nuestros bailarines, por unos minutos ha quedado atrapada en un dilema entre sus legítimas expectativas y las sorprendentes vivencias.

El tango se le hace eterno para las manitos empapadas con transpiración y el rubor exagerado en las mejillas. Sin embargo decide, por cortesía, que aguantará el trance hasta el final de la melodía. Las últimas armonías finalmente dan paso al silencio, y a la paz añorada por un corazón sobresaltado.

La mujer, acongojada, aduce no sentirse bien…y el galán danzarín la acompaña hasta dejarla junto a la mesa. Una turista recién llegada al salón lo mira afanosamente para llamar su atención, ha esperado mucho este momento, bailará con un milonguero porteño.

 

  

  

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Tres minutos........

Por la senda aventurera
De un abrazo quebrajoso
Este paso cariñoso
Sigue la queja maligna

De la noche, abre el portal
Nos traspasa la bruja letra
Pesan los cuerpos al andar
Se ríe el momento y llora.

Sollozos de cuerpos torpes
Se deslizan en abismos hondos
Caminemos contra corrientes
En el viaje breve y secreto.

Encantemos los espejos del alma
Al mecer estampas hechiceras
Guiemos el tenebroso esquife
Hasta el turbio despeñadero.

Y si decae nuestro refugio
De mal empeñar las pruebas
Solo, logrará la música
Ser nodriza de nuestros sueños.

 

 

Aida Jover

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Cuando te tocan ...
            con palabras o sin ellas,
            con lo que queda de vos
                                     en tus manos
con formas nuevas
            con escucha
que sabe de certezas y mentiras
            quieto ,
              disponible
potable,
            consciente
hasta lo inconsciente
tu presencia
            hace el trabajo
                                     en mí.

Claudia Broiz 

 

 

 

  

QUERIDO PAPÁ

HOY TE ESCRIBO RECORDANDOTE, COMO CADA DIA DE MI VIDA ,SE QUE ESTAS SIEMPRE CONMIGO PERO EL DOMINGO QUE CUMPLISTE 90 AÑOS!!!LO FESTEJASTE LEJOS DE MI, PERO QUIERO CONTARTE QUE TE LLEVE DE FESTEJO A BAILAR TANGO!!!
AL SUEÑO PORTEÑO ,UNOS DIAS ANTES ESTUVE MUY TRISTE DE SABERTE AUSENTE PERO EL DIA MARAVILLOSO EN EL QUE NACISTE, LO FESTEJE. BAILE TODA LA NOCHE COMO LO HUBIERA HECHO CON VOS.  BRINDAMOS!!!!ESE DIA,  ALGUIEN ME DIJO QUE LA GENTE MUERE CUANDO UNO LA OLVIDA.Y ES VERDAD ¡!!!!YO SE CUANTO TE GUSTABA EL TANGO AUNQUE A  MAMÁ NO LE GUSTARA.
SOY FELIZ DE LOS PADRES QUE LA VIDA ME DIO.OJALA TODOS MIS AMIGOS TENGAN UN GRAN PAPÁ COMO EL MIO.CUANDO ERA UNA NIÑA LE DECIA A MI PAPÁ QUE ERA GRANDIOSO,AMOROSO Y TODOS LOS OSOS QUE IMAGINES.
AHORA YA MADURA SE QUE LOS NIÑOS SIEMPRE DICEN LA VERDAD.

 

  

Analía

 

Caramba!

¡Caramba! Què modo de atreverme
¡Caramba! Què fuerza esta pasiòn
Tu mano, su roce que no miente
Esquiva todo intento de traiciòn.

¡Caramba! Que nada ya me importa
Que soy capaz de dardevuelta el corazòn
Aunque me falten letras y tenga el alma herida
Me aferro de tu cuerpo en esta vida.

¡Caramba! Què coraje, sentir este rebaje
¡Quereme por favor!
Casi volver de un viaje ,sin màs que el equipaje
desnuda y sedienta de tu amor

Deb Stofen

 

 


 

EL PIROPO Y LA MILONGA. 

Carlos esperó la pausa entre el primero y el segundo tango, para decirle un piropo.
Ya hacía varias semanas que venía piropeándola, es que Carmen lo inspiraba. Cuando bailaba con ella le salían los mejores piropos. La piropeaba en los momentos precisos: antes del abrazo, en las pausas y al finalizar la tanda.
Esa noche cuando la sacó a bailar por segunda vez, su repertorio de piropos cayó estrepitosamente al suelo. Es que cuando Carlos se encontraba en el medio de un piropo dirigido a los hermosos aros que lucía Carmen, la escuchó decir algo que lo dejó mudo.
En un tono dulce pero firme a la vez, Carmen le dijo: Escuchame Carlos, no me digas más piropos, pues si seguís haciéndolo no me vas a sacar más a bailar y a mí realmente me gusta bailar contigo.
Carlos se sorprendió por el comentario pues no lograba entender la relación entre sus piropos y la afirmación de ella en el sentido de que él no la iba a sacar más a bailar.
Lo único que Carlos atinó a balbucear aún desconcertado fue: no entiendo, explicame.
Carmen tomó una respiración profunda, y mirándolo a los ojos, le dijo que algunos hombres, cuando bailaban con ella, y luego de varios piropos le ofrecía ir tomar un café. Y por más que ella buscara mil modos educados y elegantes para evadir la invitación a tomar el famoso café, el resultado era que el caballero se declaraba ofendido y no la sacaba más a bailar. Esto la había llevado a Carmen a estar atenta a los piropos y cuando estos ya eran muchos, prefería no ilusionar al caballero, tener un disgusto y perder a un bailarín y por eso ponía distancia.
Carlos se rió, y le propuso a Carmen el siguiente acuerdo: él la seguiría piropeando, si a ella le gustaba, y jamás la iba a invitar a tomar un café. A ella le encantó la idea y esa noche bailaron juntos varias tandas más.
Al día siguiente Carlos sacó a bailar a Laura. Cuando ella se acercó lo suficiente, Carlos, que la vio deslumbrante, le dijo: Laura estás preciosa, y que bonito te queda ese vestido azul.
Laura instintivamente dio un paso atrás. Él le preguntó que le pasaba. ¿Por qué esa reacción, ese alejarse?. Y ella le confesó que estaba cansada de que todos los hombres la piropeaban en vez de dedicarse a bailar.
Ante la cara de desconcierto de Carlos, Laura se apresuró a aclararle que no era nada personal, pero veía a los piropeadores como pescadores que estaban permanentemente lanzándole el anzuelo a través del piropo. Y ella se sentía como el pez que, para salvarse, tenía que escapar. Ese era el motivo instintivo del paso atrás, se había instalado de ese modo una defensa en ella.
Pero lo grave dijo Laura, no es el lanzamiento del anzuelo, el problema no está en el intento de pesca, sino en las consecuencias posteriores. Si estos pescadores ven que una le ha escapado al anzuelo varias veces, dejan de intentar lanzarlo.
Y Carlos la interrumpió con un comentario desacertado, pues le dijo: entonces a partir de ahí, cuando dejan de verte como alguien a pescar, podes bailar tranquila con ese hombre que soltará la caña de pescar para disfrutar el baile contigo.
Ojala fuese así, contestó un poco indignada Laura y agregó: lo grave es que a partir de ese momento dejan de sacarme a bailar, ya no existo para ellos. Pasan a mi lado y no me ven,
Ella, lo mismo que Carmen, sentían que se volvían invisibles para ese tipo de hombres, que ya no sólo no las sacaban a bailar sino que ni siquiera las saludaban en la milonga.
Carlos siguió bailando pero se quedó pensativo. Era la segunda vez en dos días que el mismo tema afloraba: el piropo visto por alguna mujer como algo a evitar, hasta casi peligroso en vez de algo agradable.
¿Será que no hay que piropear a las mujeres? se preguntó intrigado.
La imagen de Doña Juana, que con sus 84 años, disfrutaba del piropo de Carlos aparecía como respuesta a su pregunta y como claro contraste. Cada vez que Carlos se la cruzaba, le decía: Que bonita que está hoy Doña Juana, y ésta ruborizándose y acomodándose coqueta su peinado siempre le contestaba: “Usted es tan lisonjero, mi niño, que seguramente a todas les dirá lo mismo”.
Era indudable que a Doña Juana esos piropos le hacían bien, la alimentaban, la rejuvenecían.
Y Carlos, que no dudaba en seguir piropeando a Doña Juana, comenzó a dudar si seguir piropeando a las mujeres de la milonga.
A pesar de esta duda, Carlos se propuso seguir con su costumbre de piropear a las mujeres que bailaban con él.
La gota de agua que rebasó el vaso fue al día siguiente, cuando Aurelia, al escuchar el piropo que le deslizó Carlos, le dijo a modo de reprimenda: “Ustedes los hombres son todos iguales”. Estas palabras a Carlos lo paralizaron. Lo arrancó del momento presente y lo hizo ir muy atrás en el tiempo.
Se acordó de cuando una mujer, su madre, en sus épocas de niño travieso lo amenazaba con el hombre de la bolsa. Ese hombre siniestro que se llevaba en su bolsa a todos los chicos malos que encontraba. Y ahora otra mujer, lo amenazaba por su travesura de adulto en forma de piropo. Ya no era amenazado con el hombre de la bolsa sino era amenazado con meterlo en la bolsa de los hombres. Una bolsa que Carlos la imaginaba cargada de hombres todos grises, todos indiferenciados, en definitiva todos iguales. Una bolsa que cuando fuese volcada desparramaría sobre el piso una masa informe de hombres.
De ese modo Carlos sintió que su intento, de reconocer Aurelia a través del piropo como alguien distinto de lo que podría aparecer como una masa informe de las mujeres, era neutralizado, con la devolución que ella le hacía metiéndolo a él en la masa informe de los hombres .
Ante esta tercer mujer que rechazaba el piropo, Carlos quedó definitivamente desconcertado, y a partir de ese día dejó de decirles piropos a las mujeres en la milonga.
Pero como las mujeres son únicas, algunas de las que bailaban habitualmente con Carlos empezaron suavemente a protestar pues él cuando las sacaba a bailar ya no las piropeaba.
Carlos ya no les decía : que bonita que estás, o que lindo que te queda este vestido. Y ellas que se habían acostumbrado al ritual del piropo, se lo pedían nuevemente. Decían que les hacía bien, que les encantaba el retorno de unas palabras dulces, que ellas sentían especiales. Les gustaba el piropo a través del cual el hombre les reconociera, aún mínimamente algo de la gran dedicación que ellas habían puesto para preparase para venir a la milonga.
A pesar de las protestas Carlos no volvió a piropearlas hasta que un día, se reencontró con María, una dama que hacía mucho tiempo con la cual no bailaba. Ella al comenzar la tanda le dijo. “Que suerte que comienzo mi primer tanda bailando con vos, pues así, y gracias a los piropos que me decís, ya estoy con la autoestima alta cuando baile con los otros”. En ese momento Carlos se sintió un piropeador piropeado, y percibió los hermosos efectos benéficos del piropo en su propio ser.
Casi sin darse cuenta comenzó a decirle a María unos piropos precisos, muy lejanos a esos piropos de feria que se le dicen a cualquier mujer y de un modo casi mecanizado. Así entre los piropos mutuos, y la maravillosa sensación que experimentaron al bailar juntos esa tanda, tanto Carlos como María se sintieron radiantes al finalizarla.
Fue al ir caminando feliz hacia su mesa, percibiendo aún las hermosas sensaciones que le había dejado el bailar, cuando Carlos se dio cuenta que había encontrado lo que para él marcaba la diferencia: existía el piropo como medio y el piropo como fin. El piropo como medio era ese que podía incomodar a algunas mujeres, pues buscaba únicamente, y a veces en forma torpemente clara el poder invitarlas a tomar un café.
El piropo como fin, era otro, era el que buscaba Carlos. Un piropo que comenzaba y finalizaba dentro de una tanda, sin otro objetivo posterior.
Y así con su piropo como fin, se lanzó de nuevo a partir de esa misma noche a a piropear a las mujeres.
¿que alguna dama daba un paso atrás ante el piropo? es cierto.
Que otras se ponían aún más a la defensiva incluso cruzando los brazo, ante el piropo: es cierto.
Que había varias que, ante el piropo, buscaban de hundirlo de golpe en la masa informe de hombres, con la frase. "todos ustedes son iguales”, también es cierto.
Pero a pesar de estas situaciones había otras, que para él, hacían que valiese la pena seguir con el piropo.
Es que Carlos estaba convencido que las parejas de baile, podían elegir entre quedarse a la altura del piso, inmersos en una masa informe de hombres y mujeres, que compartían los pasos del tango, o elevarse.
Y uno de los modos de elevarse, para él era el piropo. Ese juego sutil que los iba envolviendo y uniéndo, hasta fundir sus dos individualidades en una, y bailando elevarse de la tierra al cielo a través de la magia del tango.

Dino

 

 


 

Un Cuento de Ives Doynel

  • Barrio Parque tiene un montón de rarezas, además de sus vecinos, su arquitectura variopinta, el precio absurdo del metro cuadrado, su maravilloso charme, su cercanía con las vías del tren, el estar bajo el corredor aéreo de Buenos Aires, y de postre sus trescientos metros a la villa con mayor crecimiento demográfico de la década.- Allí con todas sus luces, en el año 2007 vivía mi amigo Carlos, entrañable, al menos para mí.- Como siempre que venía su novia, quien como corresponde, adoraba a los pobres con plata(G. Marquez) y Carlos, de eso sabía mucho, tanto, que casi nunca pudo disfrutar a ninguna mujer, hasta añorarla.- Ese día como se debe, “comme il faut”, puso algo a la parrilla…, paradoja de un nuevo rico con clase y comieron mucho, ja. Luego tomó su pastilla de cialis, que tiene la ventaja sobre el viagra, que se puede tomar alcohol, ab rió su primer botella de la Grand Damme, y sin muchos rodeos invitó a su novia Ale a la cama, junto con la amiga de ésta, Mona, tuvieron una fiesta inolvidable, por supuesto también tiraron algunas líneas que traía Mona.- Y como era de esperar, tomaron un par de pastillas de éxtasis, y poco a poco, sabiéndose fuerte y sano, con 57 años, y un chequeo completo y de los caros, tenía 10 años mas de abusos garantizados, vió como su vida inexplicablemente se apagaba, en el momento mas intenso de su placer, y allí, sólo, porque en definitiva, la muerte es una mujer a enfrentar sólo, comprendió que esa era su última sensación,.-
     Hicimos una encuesta entre los amigos de mas de 50 años, todos coincidimos que había sido un tipo de suerte, murió sin remordimientos, habiendo hecho sinnúmero de cagadas, y otras tantas obras producto de la buenas intenciones, que no garantiza absolutamente nada.- Pero todos coincidimos, queríamos morir así.- Hubo gente que lo lloró.- faltaron al entierro el setenta por ciento de sus amigos y sus deudos hoy, han perdido casi toda la herencia.- su novia, sigue novia, pero menos lánguida.- Yo, me sigo acordando de él.- ¡¡¡como nos divertíamos¡¡¡.-

 

 

 

 

 

 

09/05/2011 09:45 clubdetango #. Tango & Poesia




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